Nuestra página requiere tener JavaScript activado (aparte del uso de un navegador moderno) para poder ser visualizada correctamente.
Recomendamos la versión más actual de Chrome, Safari, Firefox o Internet Explorer.

Por favor, active JavaScript en su navegador y recargue la página.

Login / Crear cuenta /
1 Haz tu pedido 24h antes
de la entrega
2 Te lo preparamos
exclusivamente a ti
3 Te lo llevamos a cualquier
punto de España
0 / 0.00 € TEL: 918 336 405

"Japón inexplorado" de Isabella Bird para descubrir la Era Meiji

Para acercarse a la cultura del país del sol naciente, en el más amplio sentido de la palabra, nada como hacer un viaje en el tiempo y descubrir cómo era hace más de un siglo, especialmente, si nos zambullimos en los inicios de Era Meiji (1868-1912), ese momento en que el shogunato quedó eclipsado por occidente y los vientos de poniente empezaban a marcar un nuevo rumbo en la historia de Japón.

Acaba de publicarse en la editorial La línea del horizonte, Japón inexplorado (1880) de Isabella Bird que desvela un país diametralmente distante de la imagen actual que tenemos de él, pero, como no podía ser de otra manera, intrínsecamente ligado a lo que es su esencia. Un libro inspirador del que hay mucho que aprender:

  • De qué trata Japón inexplorado
  • Quién fue Isabella Bird (1831-1904)
  • Por qué Isabella Bird se va a Japón
  • Qué es lo mejor del libro Japón inexplorado
  • La comida en Japón inexplorado

  • Portada del libro Japón inexplorado de Isabella Bird

    De qué trata Japón inexplorado

    Brevemente podemos definirlo como una crónica epistolar viajera y costumbrista en la que se descubre al lector cómo era el Japón de 1878, recién abiertas sus fronteras a los gaijin. De la mano de su autora, la británica Isabella Bird, fluyen detalladas descripciones cómo era ese país que recorrió caminando, navegando en sampán, en ferrocarril, a caballo o en kuruma o jin-ri-ki-sha. Un viaje de 2.000 kilómetros que duraría meses y en el que abarcó el interior de la isla principal y Yezo (Hokkaido), desde Nikkó hacia el norte. Y la prueba de que esta mujer era una exploradora, es el detallado mapa que incluye para no perder comba de sus andanzas.

    Una narración pretérita que nos descubre hoy un poco más estas tierras, especialmente, gracias a su visión del mundo rural, donde estaban arraigadas las costumbres más tradicionales -muchas de las cuales no sobreviviran al libro más de unas décadas-. La intención de Bird la explica en su prefacio: “Las escenas son estrictamente representativas, y ni las inventé, ni fui en su búsqueda, las ofrezco tal cual en interés a la verdad ya que ilustran la naturaleza de una gran parte del material con el que el gobierno japonés tiene que trabajar en la construcción de una Nueva Civilización”.

    Su trabajo brilla y lo hace por el ansia por describir meticulosamente todo lo vivido, para bien o para mal habla de hombres, mujeres, relaciones, fiestas, danzas, comidas, vestidos, transportes y paisajes; sin dejar fuera fatigas, decoro, desconcierto, chovinismo, suciedad, pulgas o ratas; el conjunto forma parte de un todo. Hace siglo y medio las cosas eran muy diferentes, infinita belleza y fealdad en todas las vertientes sociales. El resultado convierte a Bird, pese a su sesgo victoriano, en una cronista excepcional y, aunque ella soñaba con el futuro -de esa nueva civilización-, hoy lo más interesante de las páginas que nos legó es justamente lo contrario, el pasado que vivió y no volverá.

    Retraso de Isabella Bird, exploradora 1831-1904

    Quién fue Isabella Bird (1831-1904)

    Exploradora, fotógrafa, escritora y naturista. Quizá más cronista o narradora que literata y, sorpresa, la primera mujer en ingresar en la Real Sociedad Geográfica británica (Royal Geographical Society). El periódico Times publicó allá por 1892 con motivo de su entrada y la de otras féminas en la insigne institución: "Las mujeres comienzan a ser una plaga en los viajes y las exploraciones difícil de combatir". En resumen, Bird era un azote de la naturaleza, una intrépida mujer victoriana en un gremio de hombres.

    Hija de un pastor protestante, quien la educó en casa con su esposa, pasó su infancia invadida por jaquecas y dolores de espalda que marcaron su vida en todos los aspectos, al igual que las depresiones que siempre la acecharon. Tenía todas las papeletas para ser una dama de su época y vivir relajada y en reposo y, sin embargo, su vida fue todo lo contrario. Una primera experiencia viajera por EE.UU. y el relato de sus aventuras en forma de libro -Una inglesa en América (1856)- marcaron su vida que terminó siendo un constante devenir por tierras desconocidas y la narración compulsiva de sus vivencias. No es gratuito lo de compulsiva. Su trabajo editorial se basaba en cartas que mandaba a su hermana y a sus amigos en las que escribía todo lo que vivía llegando a superar en algunas de ellas los cien folios, de ahí que luego publicara en el formato epistolar.

    Relataría sus aventuras -en esa época era ciertamente lo era viajar sola- en Australia, Canadá, China, Corea, Hawai, India, Irán, Irak,  Malasia, Marruecos, Turquía, Vietnam, Singapur y Tibet. Y, por cierto, tuvo tiempo para otros menesteres como casarse, enviudar, estudiar enfermería o abrir un hospital.

    Dice su traductor que fue osada y vanguardista, ya que, en esa época, no era normal que una fémina tomara ese camino. Un cosmopolitismo inherente en su personalidad y una capacidad -probablemente innata- para la adaptación, pero hay que señalar que sus crónicas sobre Japón están salpicadas de la superioridad moral victoriana, la del visitante con complejo de colonizador, y, a pesar de ello, no dejan de ser inteligentes y reveladoras. En este pequeño documental de RTVE se relata su experiencia en el Oeste estadounidense y desvela mucho de su personalidad.

    Mapa del viaje de Isabella Bird por Japón en 1878

    Por qué Isabella Bird se va a Japón

    Cuenta la autora en su prefacio que iba en busca de recuperar, una vez más, su salud aprovechando un clima adecuado para ella. En su mundo parecía ésta una excusa perfecta para ocultar las ansias de conocer y explorar que la definieron. Una vez allí se vio decepcionada por el clima o la incidencia del mismo en su salud, pero no así por el país y lo que vivió. “Como voy a ser la primera mujer extranjera en viajar sola por el interior del país, por el Japón inexplorado, puedes imaginarte la curiosidad amistosa que mi proyecto está suscitando entre mis conocidos, de los cuales recibo muchas advertencias y palabras disuasorias, pero escasas expresiones de ánimo”.

    Curiosamente el país era -y es- un remanso de tranquilidad, como le indicaba el consul británico: “Afirmó que una mujer sola pueda viajar con total seguridad”. Hoy sus visitantes tienen el mismo sentimiento, más aún cuando ven a niños de apenas 5 años ir solos a su colegio.

    “Viví entre japoneses y presencié su modo de vida en regiones no contaminadas por el contacto europeo”, lo que le dio la enorme experiencia de vivir una aventura única que relató con crudeza y candor.  Dice el traductor del libro Carlos Rubio en su prólogo que, cuando vio la luz esta crónica viajera, “Japón acaba de abrir sus puertas al mundo exterior tras descolgar de ellas el cartel de ´país prohibido´ firmemente adherido durante casi tres siglos”.  Una circunstancia que seguró que marcó la decisión de Bird de calzarse sus botas de siete leguas, para ver qué había tras ellas.

    Monte Fuji desde una aldea, ilustración del libro de Isabella Bird

    Qué es lo mejor del libro Japón inexplorado

    Frescura. “A falta de otras fuentes de información, y a través de un intérprete, tuve que aprender todo de la propia gente”. De ahí la lozanía de sus observaciones, muy vívidas. La crueldad sesgada del fulminante filtro de la sociedad victoriana es otra virtud. La ausencia de lo políticamente correcto se convierte en atractiva porque, con independencia de lo acertado o erróneo de sus comentarios, es una prueba más de que para enfrentar una civilización y una sociedad distintas o ajenas a nosotros, los filtros que nos otorga el conocimiento de la diversidad y la globalización son muy importantes.

    No podemos juzgar el ayer con la visión de hoy. Y, sin embargo, no hay que confundirse, pese al choque cultural consigue mostrar el aprecio por la belleza del país.  “Todo es hogareño, simpático, primorosos, la campiña de un pueblo laborioso en la que no se ve ni una mala hierba”, por mencionar algún pasaje.

    Para publicar el libro se sirvió, mayoritariamente, de las ilustraciones de un artista japonés que da una idea muy bella de lo que vivió. Algunas de las cuales incluimos.

    Almacén elevado ainu

    La comida en Japón inexplorado

    Sabemos que Bird no fue a Japón para deleitarse con su gastronomía. Cuando habla de los preparativos del viaje en el libro afirma: “El ‘tema comidas’ ha quedado resuelto tras el rechazo de… ¡todos los consejos que me han dado! Solo me llevo una pequeña provisión de extracto de carne Liebig, cerca de dos kilos de uvas pasa, chocolate, algo para comer y beber y un poco de brandy por si fuera necesario”. Evidentemente no era su primer viaje y, evidentemente, sabía que no podía viajar ligera con cargamentos de viandas occidentales.

    La primera referencia que hace sobre ella resume bien sus sentimientos: “El pescado fresco es raro y que, a menos que alguien pueda vivir con arroz, té y huevos acompañados de vez en cuando algo de verdura insípida, los alimentos que se consumen están basados en abominaciones de pescado y verduras conocidas con el nombre de ‘comida japonesa’ solo pueden ser tragados y digeridas por unos pocos y eso tras larga práctica”.

    No mejoraría más adelante, cuando explica en una carta datada en Kurumatoge. “Al lado de un colgadero con utensilios de cocina, se ve un único anaquel con seis grandes platos de color marrón que contienen la comida que está a la venta, como pescados y mariscos en salazón dentro de un líquido negro, truchas secas espetadas, caracoles de mar con soja, una pasta a base de raíces machacadas, pasteles de color verde prensados y secados hechos de algas filamentosas de río… Alimentos, todos ellos, de feo aspecto y desagradable sabor”.

    Cuando descubre a los ainus, una etnia, hoy en declive -de la que ofrece en su relato un documento antropológico y etnográfico único- termina de fulminarla. “Ya he descrito cómo preparan sus comidas que suelen consistir en un guiso de “cosas abominables”. Comen pescado fresco, salado y reseco, algas, babosas, varias clases de verduras que crecen en los altos herbazales que rodean los pueblos, raíces y bayas del monte, carne fresca y salada de venado y oso. En los banquetes consumen carne fresca de oso y beben sake, además de algas, hongos y cualquier cosa que se pone a su alcance y que no sea venenosa. Para mezclar todos los ingredientes en la olla usa un cucharón de madera, pero comen con palillos como los japoneses. Solo tiene dos comidas regulares al día, pero las realizan con buen apetito. Además de los alimentos mencionados tienen también una sopa espesa que preparan con masilla de algún tipo de tierra que se encuentra en uno o dos valles de la región. Cuecen esta tierra con el bulbo de un lirio silvestre y después de que se sedimenta la arcilla en el fondo, cuelan y beben el líquido que sale muy espeso. En el norte hay un valle donde abunda esta clase de arcilla por eso se llama tsie toi nai que quiere decir justamente ‘valle de la tierra comestible’”.

    Y no queda más remedio que comentar que, pese a todo lo que ella dice, de aquellos polvos vienen estos lodos -nunca mejor dicho-, la cocina japonesa actual, una de las más globales, exquisitas y aceptadas del planeta.

    Torii, ilustración del libro de Isabella Bird, Japón inexplorado

    Deja un comentario

    Por favor, ten en cuenta que todos los comentarios deben ser aprobados antes de ser publicados.

    Continuar comprando

    Tu pedido

    No tienes productos en tu comanda