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Las "onna bugeishas": mujeres guerreras, mujeres samuráis

A lo largo de muchos siglos, en contraposición con lo que ocurría en Europa, la mujer en Japón tuvo un papel relevante como luchadora. Históricamente no se les ha reconocido, ya que, una vez más, los varones se convirtieron en los principales protagonistas de la leyendas y epopeyas bélicas, pero hoy el tema va por buen camino.

A estas féminas se las conoce como las onna bugeishas o onna mushas, mujeres guerreras o samuráis -este término es menos correcto-, y pertenecían a la casta bushi, es decir, habían nacido o se habían criado en un entorno de soldados. Su época dorada fue en los periodos Heian y Kamakura (794-1333), pero pervivieron hasta la restauración Meiji. Descubrimos algunas de las claves que las definieron:

Quienes eran las onna bugeishas

Hasta hace no mucho se describía a las onna bugeishas como mujeres que eran entrenadas en artes marciales y en el manejo de las armas para defender el honor y las posesiones de la familia de ladrones o enemigos, cuando sus esposos, hijos, hermanos o padres estaban en la batalla. 

Su adiestramiento solía ser en armas cortas como la kaiken, kodachi, wakizashi o tanto, fáciles de esconder y con las que podían dar golpes certeros a distancias muy cortas, y en largas de asta o como la naginata (alabarda) que con el tiempo se convertiría casi en su símbolo de género, ya que permitía llevar a cabo un combate con una distancia segura ante rivales de mayor envergadura. 

Al igual que los hombres, si la situación se torcía, tenían su propio ritual de suicidio, el jigai, en el cual ellas se cortaban la carótida, pero antes se ataban las piernas a la altura de los tobillos para no morir con ellas abiertas. Estas féminas singulares, además de procrear y educar a los hijos del clan y  administrar los hogares, eran ejemplo de valor, bravura y honor frente a los enemigos. 

La onna bugeisha Ishi-jo esposa de Oboshi Yoshio

Auténticas guerreras al pie de la batalla

La imagen que hasta hace no mucho teníamos de ellas es que, unas pocas de ellas, las más excepcionales, lucharon codo con codo con los hombres en el campo de batalla, como señalan las leyendas y alguna documentación histórica. No obstante, la arqueología nos empieza a dar otra imagen de lo que realmente ocurrió y cuál fue su papel, especialmente en estos dos periodos históricos nipones en los que florecieron. 

El historiador del medievo japonés Stephen Turnbull señala en su libro Samurai Women 1184-1877 que, en la excavación arqueológica de la batalla de Senbon Matusubaro (1580), de los 105 cuerpos analizados 35 de ellos eran mujeres; añade además que otros dos yacimientos han dado porcentajes parecidos y ninguno de ellos era de un cerco o asedio a una ciudad o castillo, así que fueron batallas

Turnbull afirma en su trabajo: “Por lo tanto, la conclusión debe ser que las mujeres lucharon en la guerra incluso aunque su participación rara vez se registrara”.  Sin embargo, es esta una línea de investigación sobre la que todavía se espera que haya más luz en el futuro. 

De lo que sí hay cierta certeza es que la influencia de la cultura china, en especial la filosofía confucionista, así como la proliferación y asentamiento del mercado matrimonial, relegaron a la mujer en su rol social y a partir del siglo XVII la mayoría de ellas se vieron forzadas a tomar un papel secundario en el núcleo familiar en el que su destreza con la naginata sería usada para la formación moral

Lo explica bien el historiador Ellis Amdur: “Cuando una mujer bushi se casaba, una de las posesiones que se llevaba a la casa de su esposo era una naginata. Al igual que el daisho (espadas largas y cortas) que llevaba su marido, la naginata era considerada un emblema de su papel en la sociedad. Practicar con ella era un medio de fusionarse con un espíritu de sacrificio, de conectar con los ideales sagrados de la clase guerrera. Como se esperaba que los hombres se sacrificaran por el estado y el mantenimiento de la sociedad, se esperaba que las mujeres hicieran lo propio, una vida rígida y limitada en el mundo, el hogar”.

Hay múltiples onna mushas en la memoria del país del sol naciente, evidentemente, infinitamente menos que samuráis, algunas recurrentes al hablar de tema son la emperatriz Jingū Kogo, Tomoe Gozen y Nakano Takeko.


La emperatriz Jingū Kogo (169-269)>

Posible que existiera, posible que no… pero el Nihonshoki (720), Las crónicas de Japón, y Kojiki (712), Crónica de antiguos hechos de Japón, hablan de ella y a lo largo del tiempo ha sido un icono para las mujeres luchadoras como demuestran las ilustraciones que la imaginan o que, en 1878, se convirtiera en la primera mujer en aparecer en una serie de billetes japoneses. 

Emperatriz jingu kogo

En general se tiende a pensar que fue creada para para cubrir un interregno en el linaje de los emperadores nipones. No obstante, como señala la Enciclopedia Británica, sí hay constancia de la existencia de una sociedad matriarcal al oeste del país en esa época y, probablemente, el mito surgiera de la mezcla de hechos históricos y fantasía popular

Jingū Kogo o Okinaga Tarashi fue la esposa consorte del emperador Chuai, el decimocuarto soberano de Japón, a la que los dioses anunciaron la conquista de la actual Corea y se le atribuyen poderes mágicos. Acompañó a su esposo en la expedición, pero éste falleció y comenzó a ejercer la regencia. Llevó a cabo la conquista de los reinos coreanos de Paeckse, Kaya y Silla con la peculiaridad de que vendó su cuerpo grávido de su hijo Ojin para combatir con mayor comodidad y como un hombre. De hecho, la leyenda afirma que su hijo permaneció tres años -o quizá fueron tres estaciones…- en el útero para terminar la hazaña y volver a Japón. Ojin sería después identificado como Hachiman, dios de la guerra. 


Tomoe Gozen (siglo XII)

El Heike Monogatari (siglo XIII), el Cantar de Heike, habla de ella en estos términos: “Tomoe era especialmente hermosa, de piel blanca, pelo largo y bellas facciones. También era una excelente arquera, y como espadachina era una guerrera que valía por mil, dispuesta a confrontar un demonio o un dios, a caballo o en pie. Domaba caballos salvajes con gran habilidad; cabalgaba por peligrosas pendientes sin rasguño alguno. Cuando quiera que una batalla era inminente, Yoshinaka la enviaba como su primer capitán, equipada con una pesada armadura, una enorme espada y un poderoso arco; y ella era más valerosa que cualquiera de sus otros guerreros”. Y solo por ello ha sido protagonista de mil historias de valor , numerosos ukiyo-e o estampas japonesas y dos destacadas obras de teatro: Tomoe o La Dama Tomoe (Noh, siglo XV) y Onna Shibaraku (Kabuki, siglo XVIII).  

Tomoe Gozen en la batalla de Awazu gahara

Lo primero que hay que saber es que vivió en primera persona las Guerras Genpei (1180-1185), en las que varios clanes samurais luchan entre sí. Pertenecía al clan Minamoto bajo el amparo del general Kiso Yoshinaka y no se sabe bien si fue su esposa, su concubina o su asistente y carece de importancia ya que su valor y coraje le harían llegar, al parecer, a convertirse en su ippo no taisho, comandante en jefe que lideraba las tropas a la batalla. 

Algunos de sus combates más legendarios fueron contra Uchida Ieyoshi a quién cortó la cabeza de un golpe de espada después de que intentara tirarla del caballo o aquel llevó a cabo contra Honda no Moroshige cuya testa terminó también separada de su cuerpo. Sería ella quien liderara las tropas en la batalla decisiva del paso de Kurikara (1183), en la que se tomó Kioto, residencia del emperador, para su clan. La política entró en juego y Yoshinata acabó en desgracia y muerto. El devenir del tiempo ha hecho que no se sepa bien cuál fue el final de nuestra heroína, si en el campo de batalla, como concubina o como monja. Da igual.

A menudo se duda de su existencia, pero la aparición de la tumba de su asistente Yamabuki Gozen ratifica la misma, de alguna manera. 

Nakano Takeko (1847-68))

“No me atrevería a contarme entre los guerreros famosos, aunque comparto el mismo corazón valiente”. Este fue el poema de despedida o jisei no ku que escribió Nakano Takeko, considerada, aún hoy, uno de los mayores iconos de la mujer guerrera con fuerza y honor en Japón. 

Hija del general Nakano Genai, como no podía ser de otra manera, recibió instrucción en historia y literatura japonesa, pero también fue entrenada por Akaoka Daisuke en artes marciales. Desde su juventud admiró a Tomoe Gozen y dominó las armas de los samuráis, destacando en el uso de de naginata con la que se mostraba tan ágil como despiadada. A los 16 años ya entrenaba a otras mujeres supervisada por Daisuke. La práctica de estas artes la hacía feliz y por ello se negó a casarse en un matrimonio concertado con un hijo de su entrenador, alegando que la mantendría alejada de los combates. 

La restauración Meiji y el fin de la casta samurái cambió su destino. En plena Guerra Boshin organizó un escuadrón femenino de voluntarias -todas ellas onna bugeishas-, que se cortaron el pelo como los hombres, y ofrecieron sus armas para participar en la batalla de Aizu en defensa del Castillo de Wakamatsu (1868), donde tres millares de samuráis combatieron hasta la muerte con la armada imperial. Cual escuadrón suicida, las mujeres arremetieron contra los soldados imperiales quienes se vieron sorprendidos porque no esperaban encontrar féminas en el frente, ventaja que fue utilizada por sus compañeros de batalla. Un disparo la hizo caer y antes de morir le pidió a su hermana que la decapitara para que no se llevaran su cabeza como trofeo. Tras llevar a cabo su última voluntad, enterró la misma bajo un pino en el templo de Hōkaiji (actualmente Aizubange, Fukushima), donde se erigió una estatua en la que aún hoy es venerada. Sería ésta la última batalla de las onna bugeishas

Créditos de las fotos

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