Los orígenes del cine japonés


El cine mudo es la esencia de otro mundo que está en este. La representación de unas sociedades que se diluyeron inocentemente en los océanos del tiempo ante el impacto de imagen en sus vidas y, a la vez, es un documento único para descubrir cómo eran los países -o cómo éramos- y cuáles eran sus formas hace un siglo o más, porque que ese es el tiempo que ha pasado desde que los hermanos Lumière -inventores del cinematógrafo- rodaran su ya mítica Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir el 19 de marzo de 1895 y comenzara a moverse la moviola.

Fotograma de Tokio March para los Orígenes del cine japonés

En Japón no fue distinto de otros lugares, incluso, probablemente se lanzó con más ahínco a las técnicas revolucionarias del cine, ya que estaba inmerso en la era Meiji (1868-1912) que absorbía con fruición la cultura, las técnicas y los conocimientos gaijin. Las primeras imágenes que se rodaron datan de 1898 y representaban temas tradicionales como la ceremonia del té o algunas geishas. Poco ha sobrevivido de esa época, la historia del país se encargó de destruir estas memorias gráficas excepcionales: terremotos, incendios, guerras… pero ahí tenemos Momijigari, una exquisita reliquia, o La expedición japonesa al Antártico (1912).

Como era natural, los primeros rodajes se basaron en su tradición teatral, especialmente en la del kabuki. No fueron pocos los actores que pasaron del escenario al estudio, aunque no se tardó mucho en saltar al realismo y a la introducción de mujeres en las películas -sobre las tablas niponas los hombres interpretan el papel de las féminas-, como ocurrió en Almas en el camino. Eran los tiempos de los benshi, narradores, que añadían voces a las imágenes o relataban los hechos como los kabuki gidayu o los joruri del bunraku; de los intertítulos e, incluso, de la música para explicar las tramas o eliminar el silencio… los tiempos del nacimiento de los estudios como el Nikkatsu (abreviatura de la “compañía de las imágenes que andan”), el cual, por cierto, aún sigue en pie. Su eclosión fue tal que, en 1928, el cine era el primer entretenimiento del país y de sus estudios salían 700 películas anuales, según nos cuenta Miguel Herrero Herrero en su imprescindible Cine japonés.

Fotografía de Jitsuroku Chūshingura (Chūshingura: la verdad, 1928) del post sobre los orígenes del cine japonés

El devenir del cine japonés y su desarrollo se entiende mejor conociendo algunos de estos títulos en los que los amantes de las películas animadas o la animación, las de terror, dibujos o las de samuráis pueden encontrar las primeras trazas de ese estilo que lo hace tan característico. Hemos elegido cinco títulos que dan una idea clara sobre lo que se rodó a principios del siglo pasado y, como siempre, no están todas las que son…

  • Momijigari (Paseo para contemplar las hojas de otoño/Mirando al arce, 1899)
  • Rojo no Reikon (Almas en la camino, 1921)
  • Kurutta Ippēji (Una página de locura, 1926)
  • Jitsuroku Chūshingura (Chūshingura: la verdad, 1928)
  • Tōkyō kōshinkyoku (La marcha de Tokio, 1929)
  • Momijigari (Paseo para contemplar las hojas de otoño/Mirando al arce, 1899)

    Entre sus fotogramas vemos el primer montaje narrativo. Se basa en la obra Momijigari (Paseo para contemplar las hojas de otoño) -una pieza de kabuki, aunque sus orígenes son una pieza de teatro Noh del mismo nombre escrita por Kanze Nobumitsu-, que narra la lucha de un guerrero embaucado por un demonio. Fue filmada por Tsunekichi Shibata e interpretada por Onoe Kikugoro V and Ichikawa Danjūrō IX y es un shosagoto (bailada) que dura algo menos de cuatro minutos. Mientras se visionaba había cantantes nagauta contaban lo que sucedía. Es la primera muestra, también, de cine kabuki, que eran obras de teatro filmadas y que proliferaron en las primeras décadas de las historía del cine japonés.



    Rojo no Reikon (Almas en el camino, 1921)

    Considera por muchos el primer filme de referencia cinematográfico nipón, el primer clásico, en el que se empiezan ver trazas de cómo será en el futuro del rodaje en el país. Almas en el camino fue dirigida por Minoru Murata e interpretada por Kaoru Osanai, Haruko Sawamura y Denmei Suzuki, entre otros. Es una parábola sobre la tolerancia y la ausencia de ella a través en cuatro historias diferentes que suceden en paralelo. Además se ha convertido en un documento histórico único ya que, cuando se ve, muestra la era Taisho (1912-1926), un momento en el que los vientos de poniente que habían llegado con la apertura a las culturas gaijin comenzaban a afianzarse. Técnicamente abandonaba la estética de imágenes sin profundidad y organizadas en torno al benshi rindiéndose a los intertítulos explicativos.



    Kurutta Ippēji (Una página de locura, 1926)

    Otra proverbial obra de cine mudo, considerado de terror por muchos, donde surge una interesante mezcla de amor, psicosis y muerte en un rodaje expresionista y de vanguardia, experimental y estéticamente impactante. Una página de locura fue dirigida por Teinosuke Kinugasa e interpretada por Masao Inoue, Ayako Iijima y Yoshie Nakagawa y está basada en un relato del posteriormente Nobel Yasunari Kawabata que narra como un hombre que entra en un manicomio como celador para ayudar a su mujer a escapar. Su idiosincrasia reside en el origen de la misma, el movimiento Shinkankakuha (Escuela de Nuevas Percepciones) que, aunque centró su trabajo en la innovación dentro de la creación literaria, no dejaron de lado incursiones como ésta en las incipientes expresiones artísticas.  Estuvo perdida casi medio siglo hasta que, en 1971, el director la encontró y volvió sobre el metraje para hacerla pública de nuevo. Carece de intertítulos y lo que no se logró recuperar fue su narrativa benshi que era, sin dudas, un elemento determinante en la proyección en los años 20.


    Jitsuroku Chūshingura (Chūshingura: la verdad, 1928)

    De la mano del director Shozo Makino surge otro imprescindible en que se recoge una de las leyendas más recurrentes de la cultura japonesa, la de los 47 Ronin. Interpretada por los gigantes del jidaigeki (drama de época) Yoho Ii, Tsuzuya Moroguchi, Kobunji Ichikawa y Yotaro Katsumi relata cómo un noble se ve obligado a cometer seppuku y sus vasallos samuráis organizan una venganza. En la pantalla se muestran escenas de lucha cuidadosamente coreografiadas con planos secuencia fluidos, primeros planos y cortes rápidos. Tras el rodaje hubo un incendio y se volvieron a rodar imágenes, haciendo los hijos de Makino el montaje final que sería un gran éxito en las taquillas y que hoy es una muestra más de la idiosincrasia cinematográfica japonesa.



    Tōkyō kōshinkyoku (La marcha de Tokio, 1929)

    Comienza esta película con un intertítulo que recoge el principio de la novela del mismo nombre en la que está basada: “Tokio: la mayor y más moderna ciudad de Asia, donde se concentra la cultura, la educación, el arte, el vicio y la corrupción de Japón”. De la mano del cineasta Kenji Mizoguchi e interpretada por Shizue Natsukawa, Reiji Ichiki, Isamu Kosugi y Takako Irie surge este melodrama de amor trágico -jóvenes enamorados, geishas… - que se convierte en un escaparate de las diferencias sociales del Japón feudal y de la coexistencia de dos culturas, la de los zapatos de cuero con los geta, como dice Chris MaGee en World Film Locations: Tokyo. Además es un viaje en el tiempo a un Tokio que, tras el terremoto del 23 y después, tras su casi absoluta destrucción en la II Guerra Mundial, ya nunca volvería a ser igual. Con el filme se escuchaba la canción de Chiyako Sato del mismo nombre y epítome de la modernidad japonesa escrita por Saijo Yaso.


    Dejar un comentario


    Por favor tenga en cuenta que los comentarios deben ser aprobados antes de ser publicados