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Tetsuya Ishida, un pintor surrealista japonés

A la obra del artista japonés Tetsuya Ishida (1973-2005) no le faltan adjetivos a lo largo y ancho del planeta, en las páginas webs se suceden palabras encadenadas que intentan definir e interpretar a este pintor surrealista. Su vida apenas superó la treintena, pero ya forma parte de los imprescindibles pictóricos del siglo XXI. Está entre esos creadores plásticos contemporáneos que, más allá de definirse por su origen, se deslindan de su gentilicio por lo visionario de su creación artística que lo convierte en universal.

Búsqueda obra de 2001 de Tetsuya Ishida, Acrílico sobre lienzo en la exposición Autorretrato de otro

Hasta el 8 de septiembre, en el Palacio de Velázquez en el Parque del Retiro de Madrid, el Museo Reina Sofía propone acudir a una antología de este creador, Autorretrato de otro, en la que se puede disfrutar de 70 pinturas y dibujos que hacen una radiografía bastante completa de su trayectoria. En Japón es ya un autor de culto y, según traspasa las fronteras de su país, se convierte en icono allí por donde se exhibe. Te  hablamos un poco de él:

Repostar comida obra de 1996 de Tetsuya Ishida, Acrílico sobre tabla en la exposición Autorretrato de otro

Una breve biografía de Tetsuya Ishida

Si aporta el dato para definir al creador, Tetsuya Ishida era el menor de cuatro hijos que vivió una infancia definida por el dibujo -especialmente la ilustración y el retrato- y el fútbol. Su padre, parlamentario, y su madre, ama de casa, esperaban de él que optara por una siempre fiable carrera de ciencias o técnica, pero Tetsuya salió rebelde -en esta ocasión con causa- y optó en la universidad por licenciarse en Diseño de Comunicación Visual (1996). El castigo a su insumisión fue la falta de financiación parental, algo que él rememoraba en alguna entrevista con cierta sorna. Tiempo después, en esas escasas entrevistas y referencias personales de las que disponemos, reconoció que, si bien sus padres si bien no terminaron de entender su visión artística, sí acabaron por respetarle como profesional.

Al finalizar sus estudios trabajó en una agencia de audiovisual con su amigo Isamu Hirabayashi. Una actividad que terminaría dejando para dedicar su vida pintar, lo que significó que tuvo que aceptar ocupaciones de supervivencia para sufragar su sueño. Hasta su muerte, viviría con altibajos económicos, que no creativos. Hirabayashi cuenta en el catálogo de esta exposición que fue capaz de mudarse cerca de una tienda de pinturas para poder ir andando cada vez que necesitaba material. Su pasión estaba por encima de otras circunstancias.

En el mismo texto, su amigo desvela algunos de sus sufrimientos. Cuenta que cada vez que se lo encontraba le decía: “"Deja de hacer publicidad y vuelve aquí’. ‘Aquí’ significaba el mundo del arte.” Y, pese a que nuestro artista sí vivió en el lugar que creía que le correspondía, no pudo evitar morir en 2005 arrollado por un tren, no se sabe muy bien si fue accidente o suicidio, aunque parece que fue esto último dado que antes de morir mandó algunos correos electrónicos en los que decía que le perseguían y espiaban que, a posteriori, se han interpretado como paranoia. En este mismo libro habla Tamaki Saito de un posible diagnóstico de esquizofrenia por las señales que se desprendían de su comportamiento con frases como “alguien me vigila” o “alguien me persigue”. Qui lo sa. A día de hoy parece poco relevante, al contrario que las 186 trabajos que dejó.

Prisionero obra de 1999 de Tetsuya Ishida, Acrílico sobre tabla en la exposición Autorretrato de otro

La sociedad japonesa en tiempos de Tetsuya Ishida

A menudo se encuentran referencias a este artista como fruto de la década perdida de Japón. Un periodo en la economía nipona en el que, tras años de crecimiento, una burbuja financiera e inmobiliaria llevó al país a una recesión de la que saldría en los primeros años del siglo XXI. Los que la sufrieron se denominaron así mismos, más tarde, la generación perdida. Los ninis, la subcultura otaku y los hikikomori surgieron y se asentaron en este periodo, así como el karōshi que se empezaba a reconocer como causa de muerte como nos cuenta Tamaki Saito. Añade que, en 2006, se hizo un programa de televisión sobre la obra del artista. “La reacción de los telespectadores fue increíble. Mucha gente se sentía plenamente identificada con aquellas imágenes, e Ishida, que había muerto un año antes, se convirtió de pronto en uno de los pintores jóvenes más famosos del país”. No era el surrealismo en sí o solo, estaba más relacionado con el hecho de que su obra está muy enraizada con los sentimientos y los problemas sociales de esa generación perdida  y el público se reconoció en ella. Algunos de los visitantes en Madrid sufren ese mismo impacto. Como bien apunta el ministro de Cultura español, José Guirao Cabrera, en su prólogo al catálogo: “Esta recesión no dista de la que estamos padeciendo a escala planetaria, aunque con especial incidencia en los países occidentales desde 2008”. Y si vamos un paso más allá, la mimetización con la máquina tampoco, como vemos en campañas publicitarias que instan a “levantar la vista”.


Hay mucho más allá de la crisis económica, la sociedad japonesa mostró algunas caras oscuras como el atentado con gas sarín de la secta Aum o los asesinatos aleatorios de adolescentes, y sufrió momentos de catástrofe como el terremoto de Kobe. Además, ese sentimiento de desubicación ante una situación desconocida provocó una devoción inusitada por la premoniciones y el fin del mundo, el armagedón sobrevolaba el imaginario social. En sus diarios Ishida menciona el ataque terrorista en el metro de Tokio en 1995 y dice: “Una característica de la psicología japonesa es la idea de que todos los japoneses se entienden entre sí", lo que se puede traducir como que esa expectativa puede desembocar en un sistema opresivo. El artista no deja de observar y mostrar su visión de distopía social.   

Bajo el paraguas del presidente obra de 1996 de Tetsuya Ishida, Acrílico sobre tabla en la exposición Autorretrato de otro

Tetsuya Ishida, un artista surrealista

El surrealismo o superrealismo es un movimiento artístico que aspira a trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y de lo irracional. Si hay que encuadrar el trabajo de Ishida en algún epígrafe pictórico, evidentemente, es este. Estas son algunas de sus características, aunque siempre hay más que decir de el:

  1. Autorretrato: En su obra una misma cara define sus cuadros, el autorretrato como protagonista ad infinitum. Él lo negaba: “Este hombre está siempre presente, sin embargo, no es un autorretrato”. “Cuando pienso en qué pintar, cierro los ojos y me imagino a mí mismo desde el nacimiento hasta la muerte. Pero que lo que aparece, como resultados son los hombres, el dolor y la angustia de la sociedad, la inquietud y la soledad, lo que me supera a mí mismo. Es lo que dibujo en mis autorretratos”. Según explica Saito, la intención de Ishida iba más allá del narcisismo, quería crear un rostro único, una ósmosis entre lo propio y lo ajeno. “Uno de los principales atractivos de su obra -afirma- es la intensidad de ese rostro único que se produce reiteradamente. El’ autorretrato’ de Ishida es su firma, el rígido contexto de su obra. El ‘rostro’, la ‘fisonomía’, la ‘apariencia’ que determina el significado de una obra es su ‘carácter’. A mi modo de ver, el ‘autorretrato’ de Ishida es un ‘personaje-autorretrato’ que él creó para poder dialogar consigo mismo’.
  2. El hombre y el objeto: En las primeras obras, el personaje se funde con el objeto (maquinas antropomorfas o viceversa) y, en las últimas, el yo se convierte en una estructura anidada (adulto y niño son la misma persona). Y sin embargo, una de las visiones más enigmáticas que se desprenden de su trabajo y, quizá por eso es tan actual, es que el surrealismo adopta un mimetismo con los objetos y las máquinas desprendiéndose de la mitología clásica hombre-pez, hombre-pájaro… para dar una versión más actual de la realidad de los seres humanos hombre-máquina, hombre-silla, hombre-lavabo, hombre-robot, aunque no termina apartarse de los valores tradicionales a través de los insectos, cangrejos o medusas, después de todo siguen teniendo significado y rápidamente viene al imaginario Gregor Samsa en plena metamorfosis kafkiana. Como dice Kuniichi Uno en el catálogo, “Para Ishida el acoplamiento con la máquina es totalmente ambivalente”. Lo vemos en esos vacíos que tiene el hombre y rellena consigo mismo o máquinas o insectos.
  3. Inspiración: Su obra está arraigada en su visión de la sociedad japonesa que vivía una catarsis social y económica, aunque también hay imágenes de cómo vivía la tradición, como en el caso de la educación infantil. Las escenas de postproducción y post trabajo son metáforas simbólicas de cómo siente su vida y ve la de los que le rodean llenas de soledad, incomunicación, aislamiento emocional, el malestar y todo ello con una importante dosis de crisis identitaria, lo que se ha venido a llamar las “nuevas esclavitudes”, los baña de colores fríos. Guirao a este respecto menciona la tesis de Michel Foucault: “En las sociedades contemporáneas el poder no se impone por la fuerza, sino mediante la interiorización y naturalización de sus lógicas que, invisibilizadas, reproducimos automáticamente, sin ni siquiera ser conscientes de ello”. Eso es lo que inspira a Ishida y lo que refleja su trabajo, sin lugar a dudas, una sociedad que cada vez se deja menos espacio a la individualidad de las personas y termina mimetizada con el entorno. Premonitorio

 

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