Cinco artistas contemporáneos pop japoneses que debes conocer


Al pensar en Japón, en su arte, inmediatamente brotan en el imaginario paisajes, geishas, samuráis y todo tipo de iconos tradicionales de la cultura japonesa. Pero si ahondamos en nuestros recuerdos no solo llegan estas imágenes a nuestras cabezas, llega mucho pop, incluso llegan y no sabemos que de ahí proceden… y es que, desde el siglo pasado, la vertiente artística psicodélica está firmemente arraigada en el país del sol naciente y hace mucho que traspasó sus fronteras. 

Podemos decir que las primeras huellas del pop-art japonés incluyen un nombre de mujer, Yayoi Kusama, y la acompañan otros nombres como Keiichi Tanaami. De esta semilla manó el neopop, y su vertiente más conocida, el superflat de la mano de Takashi Murakami.  Hay mucha miga que desgranar bajo esta vertiente artística nipona. 

Takashi Murakami, 3 artistas japoneses

Los inicios del arte pop japonés

Una vez más la expresión a través del arte pop, nos muestra una sociedad japonesa que, como ha demostrado en el devenir de los siglos, consigue asimilar influencias externas, hacerlas propias y no perder su identidad, algo mucho más complejo de lo que puede parecer inicialmente.

El desarrollo de la cultura pop en el arte en Japón se inició de la mano de artista individuales que sentían como la tradición no les ampara en su visión del mundo -que estaba muy mediatizada por el fin de una guerra y las influencias culturales que llegaron con los pacificadores- y enfocaron sus ojos al exterior. La más conocida y destacada creadora es Kusama, aunque no ha estado sola, Tanaami también ha estado ahí. La obra de ambos muestra cómo bebieron de la fuentes gaijin e inundaron su arte de él, sin olvidar quienes eran, de dónde venían y como era su cultura. Lo hicieron y lo hacen con la suficiente fuerza como para revolucionar el arte en su país. 

Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929)

Definir a esta artista nacida en un sociedad ahora inimaginable resulta difícil. Creció en una familia acomodada en medio de un conflicto bélico y sintió que todo lo que llevaba en su interior no podía expresarlo únicamente a través de su herencia cultural. Tras estudiar profusamente el estilo Nihonga, desarrollado en la era Meiji, termina por dar el salto a EE.UU. donde se codeará con la creme de la creme del arte pop más occidental, aka Andy Warhol, Claes Oldenburg y Lucas Samaras. No solo ella se inspira de este entorno, le inspira como demuestra el documental Kusama: Infinity (2018), de Heather Lenz. Tras este periplo, vuelve a casa para ingresar voluntariamente en un hospital psiquiátrico consciente de algunos problemas que maneja desde su infancia. De hecho, la psicodelia surgía, en parte, de sus alucinaciones que contrarresta, según ella misma reconoce, los efectos de sus problemas: pinta todo lo que ve y todo ello está relacionado con su necesidad de soledad para crear. “Mi arte es una expresión de mi vida, en particular de mi enfermedad mental”. ¿Y qué encontramos en su obra?  “La Tierra es sólo un lunar en medio de un millón de estrellas en el cosmos”, dijo en 1968, y completó el pensamiento cuando añadió que ella misma, igual que todos nosotros, es, solamente, un lunar. Nos lo recordaban en un artículo de La Vanguardia sobre su actual éxito en Instagram. Es interesante porque su obra está llena de lunares, círculos, esferas… que, como no podía ser de otra forma, representan ese grano en la arena de la playa que son los seres humanos en relación con el universo. Se convierte en ese lunar en su distintivo, pero no será el único. Elementos como las calabazas, las flores, los colores marcan una trayectoria en la que ha habido pintura, dibujo, collage, escultura, cine, grabado, instalaciones, performances o arte ambiental, sin que faltara la escritura, la moda o el diseño de productos. Y ¿cómo clasificar su trabajo? Pues esta frase de Wikipedia es recurrente en los artículos que hablan de su trabajo:  “El trabajo de Kusama está basado en el arte conceptual y muestra algunos atributos del feminismo, minimalismo, surrealismo, arte marginal, arte pop, y expresionismo abstracto, además de estar fusionado con contenido autobiográfico, psicológico y sexual”. Lo que declaraba hace 20 años define muy bien lo que encuentra el espectador cuando ve su trabajo : “Siempre he estado dedicada a mi arte, luchando noche y día para crearlo. Intento continuar creando obras de arte mientras mi corazón lata. Espero que mis fervientes esfuerzos puedan vivir en aquellos que contemplen mi arte una vez me haya ido”. Pues eso, hay que mirarlo y sentirlo.

Calabaza de Plástico, escultura de Yayoi Kusama

Keiichi Tanaami (Tokio, 1936)

Es sin duda otro hijo de la II Guerra Mundial, en el sentido más artístico de la palabra. Como Kusama sufrió la guerra y la posguerra en sus carnes, y la llegada de una fuerza invasora que aterrizó con su cultura en el país e influyó a una juventud devastada y desorientada. "No hay duda -dice- de que el miedo y la aprehensión junto con la ira y la resignación surgieron a través de mis sueños, en los que el enigmático monstruo de la guerra persiguió mi infancia, pasó comiendo y jugando a su gusto. Recuerdo una noche durante un ataque aéreo. Vi a una multitud de personas huir desde lo alto de una colina. Pero, me pregunto sobre esto. Me pregunto si realmente sucedió. Los sueños y la realidad están todos mezclados en mi memoria, almacenados en mi mente en ese estado ambiguo ". En sus inicios trabajó como ilustrador periodístico y publicitario, y ya en los 70 comenzó una etapa marcada por el neodadaísmo, de la que a no mucho tardar evolucionaría hacia el pop art, había conocido en Nueva York a Warhol y le marcaría el rumbo artístico y de desarrollo de su obra. Los cómics, la música y el cine serían fuentes inagotables para su obra. Una década después, sería hospitalizado por sus excesos vitales -algunos lo llaman vida de ácido y rosas- y la medicación causaría alucinaciones que se convertirían en fuente inagotable de inspiración -esto ya lo hemos leído con su colega-. "Encontré una conexión entre ser consciente de la muerte tan cerca de mí y estar vivo, y eso se convirtió en la poderosa energía que apoyó mi creatividad". Sería en las décadas posteriores cuando comenzaría a ser conocido fuera del país con su característica colorida estética pop en la que los sueños, vida vs muerte, sexo, caos o el capitalismo formarán parte de su mensaje y si miramos a muchos de sus personajes, encontraremos muchos iconos de occidente, como los Beatles, Elvis o Twiggy, pero no solo eso.  Su universo de trabajo es infinito de la mano de pintura, animaciones, vídeo musical, escultura, performance, productos para marcas… de un artista que afirma: “Mi enfoque de la pintura no ha cambiado en absoluto desde mis días de infancia”. Y curiosamente, sigue vigente.

Obra Elvis 2014 de Keiichi Tanaami

El movimiento Superflat

A lo largo de las últimas décadas, Japón se ha convertido en un referente del arte contemporáneo y una de las vertientes más visibles es el Pop artístico, bueno, lo que se ha denominado Neopop

Al frente de esta disruptiva línea artística, Takashi Murakami. Llamémoslo líder o referente no solo por sus propias creaciones, sino porque ha reunido a su alrededor un colectivo, el Kaikai Kiki, y ha definido el movimiento postmoderno Superflat:

  • Kaikai Kiki es una empresa tiene por objetivo “la producción y promoción de obras de arte, la gestión y el apoyo de artistas jóvenes, así como la organización de eventos y proyectos y la promoción de su trabajo”, según ellos mismos explican en su página web. Y como tal funciona.
  • Superflat, con su propio manifiesto, reúne a los visionarios artísticos postmodernos que han hecho una revisión ¿en clave pop? del país a través de la cultura otaku y la kawaii. Una de las vertientes más interesantes de este movimiento es que ha desdibujado con éxito las líneas entre las bellas artes y el arte comercial. Crean a través desde la pintura y la escultura tradicionales sin desdeñar lo digital, el diseño gráfico y el desarrollo de películas o la moda. En consecuencia puede ser comprado por audiencias de todos los espectros económicos.

Hablaremos, como no podía ser de otra forma de tres artistas parte de este movimiento Suplerflat: Takashi Murakami, Chiho Aoshima y Yoshitomo Nara.

Takashi Murakami (Tokio, 1962)

No se puede hablar arte contemporáneo japonés sin mencionarle a él, porque, además de prolífico, es probablemente el más visible dentro y fuera de las fronteras de Japón. Doctorado en Bellas Artes en nihonga (estilo artístico tradicional nipón), en poco tiempo se convirtió en la cabeza visible del Neopop nipón. La semilla de esta nueva visión surgió cuando introdujo en la tradición artística la iconografía otaku -anime y manga a tutiplen- y el kawaii, ambos, según dice el mismo, movimientos que manan directamente de la infantilización social que inundó su país tras II Guerra Mundial. Su obra está intrínsecamente ligada a las nuevas tecnologías y al color, con grandes dosis de aparente inocencia estética. “Me da un subidón viendo muchos colores resplandecientes -dice-. Como no bebo y no me drogo, no puedo conseguir mis viajes de otra forma”. ¿Pop Art? Murakami disiente. “Los colores alegres de mis trabajos pueden hacer pensar en él, pero el telón de fondo de su aparición es completamente diferente (...) El Pop Art es un movimiento liderado por los países que ganaron la II Guerra Mundial... Requiere un estado muy avanzado de capitalismo para poder funcionar.”. Como artista también queda definido, como aquellos que le acompañan en Kaikai Kiki, por haber convertido el arte en un gran objeto de consumo. Lo mismo trabaja con pintura que escultura, dibujos, animaciones o realiza colaboraciones con marcas como Louis Vuitton o Issey Miyake. No podía ser de otra forma, denuncia el consumismo patrio a través de la incitación al mismo; para los japoneses, afirma el propio Murakami, la relación arte y consumo es inherente, no como en occidente que se aborda como sacrílega. Como quién no quiere la cosa, consigue situar su producción entre el mercado de valores, el espectáculo y una sociedad desinhibida. Único y excepcional por su capacidad de mimetizarse con distintos géneros, épocas, influencias y técnicas de Japón y fuera de él. Es lo que el profesor Koichi Iwabuchi denomina “hibridismo estratégico”. Él lleva los conceptos al límite, estética infantil junto a una libidinosa, seductora/terrible, vistosa/discreta, terror/deseo con esculturas de protagonistas de anime voluptuosas, margaritas sonrientes surgidas del otaku, o dibujos animados con navajas… todo ello bañado en color, contraste. Y siempre, más allá del colorido, la crítica social. Hay que buscar en Google a Mr. DOB, Kaikai y Kiki para definirle. El creador de Superflat comenzaba su manifiesto: “El mundo del futuro puede ser como Japón es ahora: superplano" y mostró éste en las  exposiciones Superflat (2000), Coloriage (2002), Little Boy (2005). En el mismo escrito ponía en negro sobre blanco: "Queremos cosas nuevas porque deseamos ver el futuro". Pues eso, Takashi Murakami nos lleva allí, a los tiempos venideros.

  

Chiho Aoshima (Tokio, 1974)

'The Fountain of the Skull, ,2007. Paine666, 3 artistas japoneses

Autodidacta y miembro del colectivo Kaikai Kiki y de Superflat. En sus inicios trabajó en impresiones cromogénicas con el Adobe Illustrator, pero posteriormente ha producido a mano en papel, en lienzo, en plexiglas, en aluminio, con animaciones digitales, instalaciones y esculturas. Su obra arranca de una fuerte inspiración en el yokai, criaturas de la tradición nipona cuyos cuerpos son parcialmente humanos o de animales, que ha logrado evolucionar con una visión pop que como ella misma dice representa “mundos oscuros e inquietantes”, en los que las mujeres -casi siempre protagonistas de su trabajo-, los espíritus, los demonios y la naturaleza crean escenas hipnotizantes y surrealistas. La inspiración en el folclore por parte de esta artista no ha impedido que la visión que otorga en ese mundo utópico sea tremendamente actual. Zoey Mondt en Frieze lo explica a la perfección: “Los ingenios de ojos saltones en los dibujos digitales de Chiho Aoshima parecen surgir más allá de la naturaleza misma. Es como si hubieran nacido totalmente dentro de un jardín de irrealidad poblado por temas de siglos de cultura japonesa, que van desde los rollos de Edo hasta Sailor Moon. Integridad perfecta de paisajes japoneses tradicionales y motivos inspirados en el Zen como animales, pájaros, flores, insectos, fantasmas y demonios con las imágenes kawaii que impregna la cultura pop japonesa contemporánea (...) Las paradojas abundan. La tecnología, al parecer, ha superado incluso a la naturaleza con su logro de la perfección”.  Una artista que muestra la capacidad de llevar a cabo un mestizaje con otras influencias sin trastocar la esencia de su propia cultura de la tierra de sol naciente, desafiando por completo la distinción entre el pasado y el presente, creando un colapso visual.

 

Yoshitomo Nara (Hirosaki, 1959)

Nara Book, 3 artistas japoneses

Master en Bellas Artes por la universidad Aichi en Nagoya continuó su carrera académica en la Kunstakademie de Düsseldorf, donde estudiaría con el neoexpresionista A.R. Penck. Su licenciatura fue la culminación educativa de una infancia solitaria influenciada los animales, la cultura otaku y la música que, según él mismo reconoce, son las esencia de su obra. Una vez más, el pasado y el presente de Japón se fusionan en este exponente del Neopop miembro de Superflat. Sus temas principales son niños y perros, de ojos grandes, que lejos de emanar inocencia muestran, según algunos, tensión -oscuros, traviesos- para recuperar la independencia de los niños; otros ven la influencia del punk rock  en su vertiente del aislamiento y la rebelión, un estilo de música que marcó, al parecer, la vida de autor. Nara corrige a estos últimos en una entrevista al Financial Times: “Es un error conectar mi arte solo al punk. Mi trabajo ha estado siempre vinculado a portadas de álbumes punk muy reconocibles, pero las portadas de discos folk han sido importantes. Donde crecí, no había ningún museo, así que mis exposiciones de arte eran las portadas de los discos”. Lo que demuestra una vez más que la visión del espectador puede verse coartada por sus prejuicios sobre quién es el autor, cuales fueron sus vivencias y qué significan sus creaciones. La influencia del kawaii es clara, modelado por los trazos simples y las formas bidimensionales. Algunos ejemplos de esta visión son  La niña con el cuchillo en su lado (1991) o No hay nada (2000). En su producción no solo hay dibujo, se puede disfrutar de su pintura, escultura e instalaciones y, también, como miembro de Superflat, se caracteriza por comercializar de mil maneras lo mismo relojes que ceniceros, que fundas para el móvil, que unas playeras... Un grande, sin dudas, del arte contemporáneo japonés.

Créditos de las fotos:

Takashi Murakami "Takashi Murakami Paints Self-Portraits"

'The Fountain of the Skull, ,2007. Paine666

Obra de Yoshimoto Nara  en Boingboing Gallery

Calabaza de plástico de Yayoi Kusama


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